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Relatos Eróticos

Historias de sexo contadas por una chica traviesa

La primera sesión sado de la hermosa Anna

Mientras se estiraba para llevar sus dedos a su total extensión en un intento supremo de evitar que la flexible e hinchada carne de su coño aguantara el peso franco de su propio cuerpo, examiné la parte trasera de su cuerpo, que acababa de azotar durante dos minutos completos.

El látigo había enrojecido bellamente la totalidad de sus caderas, nalgas y sólo apenas la raja de su culo. El montículo triangular de su coño estaba a sólo unos centímetros de la tarima de madera almohadillada, y parecía haber sido alcanzado también, mientras los labios carnosos irradiaban un suave matiz rosado.

Planeé ser muy cruel con Anna esta noche.

No soy, de ningún modo, sádico, ni creo que Anna sea masoquista. Sin embargo, ella ya me había manifestado su deseo de recibir este tratamiento, y hasta aquí, estaba soportando mis atenciones sin resistirse mucho. Además, he encontrado que hay dos tipos de sumisas. Las que buscan el valor erótico del sadomasoquismo suave, y las que REQUIEREN absolutamente el envilecimiento completo y cruel. Desde luego es una generalización exagerada, pero, hasta aquí, Anna me estaba llevando a pensar que era de las últimas. Y las que requieren este tratamiento, lo esperan, lo ansían, lo necesitan, y habiendo recurrido a mí, ahora lo merecen.

Esta es la verdadera razón por la que estaba aquí con ella esta noche.

Mientras estaba contemplando a esta mujer joven, expuesta de forma vulnerable, curvada groseramente y amordazada, con los ojos vendados, con las muñecas atadas colocadas sobre la cabeza detrás de la espalda, con sus dos orificios abiertos generosamente invitándome a tomarla a mi antojo, sentí que un fuerte ataque de amor hacia ella me inundaba, dejándome helado sobre mis pies.

Me arrastré cerca de ella, arrodillándome de modo que mi cara estuviera cerca de la suya. Su cuerpo húmedo estaba cubierto en sudor, los mechones de pelo que antes caían ligeramente alrededor de su suave cara ahora se pegaban, húmedos y espesos, a sus mejillas. Su respiración era levemente trabajosa y su frente se arrugaba en un ceño urgente, desesperado.

“Has hecho que me sienta muy orgulloso de ti, Anna” susurré suavemente, destacando cada palabra, hablando lentamente y muy cerca de su oreja. Le besé el cuello y me levanté.

Saqué de mi bolsa la abrazadera del consolador en forma de “L” que enganché al dispositivo de tortura situado entre las piernas de Anna. Asegurando un pequeño consolador anal eléctrico a él, y lubrificando su superficie firme de goma, me pregunté cuánto podría aguantar Anna por mí.

Inserté el tapón en su culo suavemente pero directamente en su canal sin vacilación. Luego bloqueé la abrazadera. La lubrificación se seca pronto, o se desliza y al cabo de un rato, un consolador anal se sale normalmente. Con esta abrazadera resulta firmemente asegurado en ella y permanecerá inflexible a la necesidad de su culo de expulsarlo. A Anna se le escapa un gemido cuando pongo en marcha el vibrador, el zumbido bajo suena cálidamente, suavemente en su interior.

Son las 9:30 aproximadamente y me planteo cómo será la casa. El piso bajo consta de una sala de estar que Anna ocupa habitualmente, además del comedor donde comimos antes, una cocina muy grande, completada con un refrigerador de tamaño comercial, un estudio, y cuarto de huéspedes con baño.

En la parte superior, paso algún tiempo en el dormitorio de Anna. Ocupa el dormitorio principal, que está en la parte trasera de la casa, orientado al oeste. Amplios ventanales ocupan la mayor parte de la pared, dejando ver los árboles oscurecidos y los arbustos del exterior. Una luna en cuarto ilumina la vegetación sombría, ventosa y lo que parece ser un columpio en el patio trasero.

Usa principalmente ropa de verano, vaqueros y pantalones cortos. Algunas faldas, pero parecen ser, en su mayoría, del tipo de las de trabajo. Su ropa interior es sobre todo de encaje, o de algodón, muchas de ellas, tangas. Sostenes a juego en la mayor parte de los casos, aunque varios desparejados. Tiene un vibrador propio en el tercer cajón de la derecha empezando por abajo, además de una revista gráfica de sadomasoquismo impactante.

Es, parece, muy organizada. Una de esas personas que doblan primorosamente sus pantalones, sus sostenes, sus medias. La cama era grande, elegante, con cuatro pilares. Telas colgantes desde arriba en su cabecero, y sobre la casi totalidad de sus cuatro lados cuelga un ligero velo blanco.

Pero, aun pareciendo informal, todo está muy bien colocado, las almohadas situadas en puntos precisos, la cama bien hecha y estirada, sin una arruga. Un poco harto de su habitación, exploré los otros dormitorios del piso alto. Dos eran simples habitaciones de huéspedes, una era una sala de trabajo, y otra una especie de sala familiar. Es allí donde encontré un pequeño bar y me serví una Gordons, sola.

Había una televisión de pantalla grande en una esquina, de cara a un gran sofá grueso. Me senté, puse deportes y empecé a pensar.

Me pregunté sobre la vida de Anna, sus ambiciones, lo que le gustaba. Parecía muy dispuesta a llegar hasta el final en la sesión de esta noche desde la vez que me presenté hasta ahora — extendida sobre un potro de madera, desnuda y atada a mi merced. Había estado con ella hasta ahora dos veces, todavía no la conocía realmente. Quiero conocerla. Se ha entregado tan libremente a mí.

Su cuerpo me excita, su belleza me intoxica, y su mente me intriga. Siento mi polla engordar y crecer a su tamaño máximo cuando pienso en su cuerpo sudoroso y húmedo ahora, soportando dolor y esclavitud por mí.

Me levanto bruscamente, mi empalme resulta ahora dolorosamente tieso. Rápidamente bajo a donde está Anna, pasando frente a un reloj en el hall que indica las 3:13 de la madrugada.

Anna está sollozando. Sus muslos abiertos han sucumbido por completo a la presión y ahora se desploman alrededor de la tarima, sus suaves y delicados labios se extienden ampliamente inflamados por el peso de su cuerpo. Ahora más cerca, veo la venda enturbiada con lágrimas, su boca mojada por los chorros salados del dolor de incontables horas. Apago el consolador anal vibrador y, siempre con suavidad, se lo retiro.

Luego le quito la venda y la mordaza. Anna mantiene los ojos cerrados mientras las lágrimas todavía brotan y se derraman de sus párpados. A continuación suelto la cuerda que mantiene sus brazos sobre la cabeza, y permito a sus muñecas atadas caer a su espalda. Las desato tiernamente.

Por último, en lugar de liberar la tarima ajustable que la soporta, la cojo a ella y me la echo al hombro. Le susurro en voz alta:

“Uno, dos, tres,” liberándola de la sesión.

La llevo a su cama. El pongo un momento en pie, pero sus débiles rodillas se doblan al momento, cayendo sobre mí. Sus piernas parecen incapaces de cerrarse, atascadas en su posición extendida desde abajo. Un cardenal azulado rodea toda la zona púbica, los pétalos sonrosados de su coño también están azulados. Me sitúo abajo, entre sus piernas, y toco ligeramente sus labios, y, como pensaba, los encuentro empapados de humedad.

Mi polla aún está hinchada y tiesa, arrogantemente en pie cuando me quito la ropa. Una vez en la cama, bajo las frías sábanas con Anna, la atraigo hacia mí, suavemente. Sus brazos me invitan a acercarme más. De lado, abrazados estrechamente, la penetro. Empujo hacia dentro todo lo que puedo, las paredes cálidas de su coño resultan tan acogedoras que se me pone todavía más tiesa en su interior. Anna empieza a chillar de nuevo, sollozos suaves, pero empieza a besarme el cuello disculpándose, me abraza más fuerte. Cuando empiezo a entrar y salir de ella, me retiene y me besa más y más, alrededor del cuello, en las orejas, en la boca, su boca húmeda y salada por las lágrimas. Ahora Anna es mía.

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